viernes, 2 de mayo de 2014

Soledades, despedidas y otras penas.

Fueron tus piernas,
a veces,
una continuación de mi camino.


Elvira Sastre


Hace cinco años que ya no estamos juntos. Estuvimos juntos once y llevo ocho sin vivir en nuestra ciudad. Nos conocimos en el instituto, típico. Estudiamos juntos fuera, pero volviendo siempre aquí a que nos acunaran los veranos y demás vacaciones. Después nos fuimos más lejos, a probar suerte. Estuvimos en todas partes, lo hicimos todo. Vivimos una vida entera en el tiempo que estuvimos juntos. Pasamos por todo lo que la vida tiene para dar: atravesamos de la mano los problemas, los miedos, las ausencias, las pérdidas, las alegrías, las esperanzas, los sueños, los éxitos, los fracasos. 

A veces creo que lo único en esta vida que no hemos hecho juntos ha sido olvidarnos. No encuentro explicacion a que tanto tiempo después, sabiendo que ya no vive allí, que está lejos, que no me necesita. Que no son las cuatro de la mañana de un viernes cualquiera ni he recibido un mensaje en el que me dice que sus padres se han ido y está sola; y sin que me haya llamado llorando por una pesadilla ni yo me haya escapado de casa de mis padres, voy conduciendo. A cualquier parte, a ninguna. Al cine, a hacer la compra, a recoger a los críos de mi hermana. Sigo haciendo mal la rotonda y acabando en su calle.  Sigo aparcando en la acera de enfrente. 

Y después de llevar quince minutos mirando al portal de su casa me doy cuenta de que no vengo a recogerla. De que no va a salir desabrochándose los primeros botones de la camisa, ni mirándose en el reflejo del móvil para comprobar que sigue siendo la chica más guapa de todas las ciudades que pisa.



Y primero me siento el hombre más gilipollas del universo.
Y después el ser más solitario del mundo sin ti.

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